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Érase una vez...

Esos pequeños angelitos...

[Un día agotador]

[Un día agotador] Un día agotador. Eso fue ese día. Risas, gritos, saltos. Hubo de todo. ¡Y cualquier persona habría acabado de los nervios! Pero Ángel no. Ángel disfrutó tanto o más que Adrián.

Se levantaron temprano pues ambos sabían que el día era demasiado corto para todas esas cosas que querían hacer. Se vistieron y fueron a desayunar fuera, a esa cafetería que tanto le gusta a Adrián. Nunca solían desayunar fuera. Pero aquél día era especial: Era el primer sábado en mucho tiempo que Ángel descansaba y podía estar todo el día con su hijo.

Churros y chocolate. Eso pidieron. Ángel no podía evitar reírse al ver los churretes de chocolate que se le hacían alrededor de la boca. A Adrián le encantaban esos desayunos, y los disfrutaba lo más que podía porque sabía que no habría muchos días como ese.

Después del desayuno, se fueron al zoológico.

-¡Mira papá! Qué león más pequeño.
-Sí, es una cría. Pero esa cría podría contigo. –Se rió.
-¡No! Yo soy el niño más fuerte del mundo y nadie puede conmigo.

Adrián imitaba a Superman, Batman o a algún héroe suyo mientras decía que era el más fuerte del mundo.

Visitaron a los osos, a los tigres, a las panteras. Fueron al delfinario. ¡Qué de cosas sabían hacer los delfines! Adrián se quedó boquiabierto cuando vio aquél espectáculo.

Fueron a comer a un restaurante italiano que escogió Adrián. Aquél día, él era el rey y él decidía dónde iban. Hubo una pequeña guerra de bolitas de carne que había en los spaghettis que habían pedido. Las risas retumbaron por todo el restaurante.

La tarde fue algo más tranquila. Una película de dibujos, unas palomitas gigantes y al cine. Salieron del cine y fueron al jardín de su casa a jugar un poco con la pelota. Estuvieron más tiempo por el suelo haciéndose cosquillas que detrás de la pelota.

Al final del día, se dieron los dos una buena ducha. Acabaron rendidos. Pero para Ángel, mereció la pena estar tan cansado en ese momento. Cada segundo con su hijo era un regalo para él.

Ahora, viéndolo mientras dormía, agotado por el cansancio, se dio cuenta de lo que echaba de menos estar más tiempo con él.

[Un día en la playa]

[Un día en la playa] Aquél día iba a ser diferente. Una simple salida, un simple olor distinto, una cara nueva... Cualquier cosa fuera de lo común le bastaba a Ángeles para estar ilusionada todo el día.

Ángeles era profesora de primaria. Cada mañana se levantaba a las 8 para llegar al colegio a las 9 en punto. Cuando ella llegaba, sus alumnos ya estaban en fila para entrar en la clase. Aquél día iban a salir a la playa a dibujar en folios, a hacer figuras gigantes con la arena y a jugar con la pelota. Más tarde, les prometió que les invitaría a un helado.

Una vez que estaban todos dentro del aula y sentados en sus respectivos asientos, Ángeles se dispuso a pasar lista y a recoger las autorizaciones firmadas por los padres. Todo estaba en orden. Si ella estaba ilusionada por esa salida, los niños apenas durmieron la noche anterior debido a los nervios. ¡A ninguno se le olvidó la autorización!

Caminaron todos de dos en dos y en fila hacia la playa. Tardaron 15 minutos en llegar. Durante el trayecto, todos los niños comentaban qué figuras iban a hacer y qué cosas llevaban en sus mochilas. Chucherías, agua, palas, cubos... Sus pequeñas mochilas se convirtieron durante unas horas en un baúl de ilusiones.

¡Llegaron a la playa! En cuanto pisaron el paseo marítimo, salieron todos corriendo y gritando hacia la arena. Ninguno se fue al mar porque su profesora lo había prohibido terminantemente. Hicieron grupos de cinco personas y se colocaron en distintos lugares. Había cierta separación para que las figuras de arena les saliera bien. Ángeles, mientras sus alumnos modelaban, iba paseando de un lado a otro, vigilando que todo estuviese en orden.

Nunca imaginó Ángeles que unos niños tan pequeños pudieran hacer esas figuras tan hermosas. Sirenas, delfines, ballenas, barcos piratas, perros, castillos impresionantes... Había para todos los gustos. Tenía que puntuar, y sin pensarlo dos veces les puso un sobresaliente a todos.

Después de decir las notas, se fueron a una heladería. Uno de los niños se giró para ver las figuras desde lejos. ¡Había muchas personas alrededor de ellas haciendo fotos! Todos se pusieron muy contentos al ver que sus figuras gigantes de arena habían sido todo un éxito.

Acabaron el día rendidos, pero con unas grandes sonrisas pintadas en las caras. Ángeles disfrutó tanto o más que ellos. Tenían que repetir ese día, sin duda.

Camino a casa, Ángeles iba pensando en ese día. "Es increíble lo fácil que es hacer sonreír a un niño. Con una simple excursión a la playa han estado disfrutando hasta el último segundo."

Y sonrió ella también.

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Guapos/as!!!! He cambiado mi fotolog. Lo he puesto en flickr. El enlace está a la derecha. Pasaros si eso :p y me decís si puedo llegar a ser fotógrafa o no xD

Bueno, este fin de semana estoy en Madrid. Espero ver a Sory, Bita y a Synn :) Llego aquí el lunes, así que hasta el martes estaré bastante perdida. Aunque no sé si escribiré desde el ordenador de mi amol.

Pasadlo muy bien este finde y ya sabéis, sed muy malos ;p Ale, por la sombra.

[¿Crees en los Reyes Magos?]

[¿Crees en los Reyes Magos?] -¿Tú crees en los ángeles?
-No.
-¿Y en las brujas?
-Tampoco.
-¿Y en los elfos?
-¡Menos!
-¿Y en Dios?
-No.
-¿No crees en nada?
-Mis padres dicen que no debo creerme nada de lo que me cuenten. Sólo tengo que creerles a ellos. Sólo puedo creer lo que veo. Y no he visto nada de lo que has dicho.
-Pues mis padres dicen que crea y tenga fe. Que le haga caso a mi imaginación. Que es lo mejor que tenemos. También me dicen que no deje de ser una niña nunca.
-Mis padres piensan que todo eso es una tontería.
-Entonces… ¿Tampoco crees en los Reyes Magos?
-Ya te he dicho que no creo en nada.
-¿Ni en el Ratón Pérez, ni en las hadas ni en los cuentos?
-¡Qué no!
-Pues vaya aburrimiento. Si no crees en nada de eso, no puedes ponerte en los lugares donde viven las hadas o los ángeles. Y si no puedes hacer eso… tampoco puedes jugar.
-Sí que juego, pero juego a cosas distintas del resto de los niños.
-¿Ah sí? ¿Y a qué juegas tú?
-Pues juego a ser abogado o juez. También juego a ser un hombre de negocios como mi padre. ¿Nunca has jugado a nada de eso?
-No… yo prefiero leer un cuento y luego jugar a la historia de ese cuento. Por ejemplo, si leo un cuento de príncipes y princesas, jugamos todos mis amigos. Las chicas somos las princesas que estamos raptadas en las mazmorras de una gran torre que la guarda un maligno dragón. Los chicos son los fuertes guerreros que luchan contra el dragón y le dan muerte para poder rescatarnos.
-¿Y para qué os molestáis en jugar a esas cosas si eso jamás os servirá de algo y nunca podrá ser real?
-¿Y quién dice que no pueda serlo?
-Yo.
-¿Y quién eres tú?
-Pues… un niño.
-Mentira. Tú no eres un niño. Tú eres un adulto en el cuerpo de un niño.
-Eso no es verdad.
-Si fueras un niño, te gustaría jugar a cosas absurdas como tú las llamas. Y creerías en todas esas cosas que creemos los niños. Y no te preocuparía si lo que estamos jugando nos servirá de algo o no. Simplemente jugarías, como hacen los niños.

Álex y Sofía se quedaron callados después de esa conversación. Sofía estaba enfadada con los padres de Álex porque por su culpa, Álex había crecido demasiado rápido. Álex, simplemente, echaba de menos ser un niño. Aunque sólo tuviese ocho años.

[Los bolsillos de Julia]

[Los bolsillos de Julia] A Julia le encantaba guardar cosas en sus bolsillos. Si metías la mano en uno de ellos nunca sabías lo que te podías encontrar. Tal vez sellos, tal vez algo de comida. O puede que algún papel que se hubiese encontrado en la calle. ¡Quizá hasta alguna rana u otro bicho!

Cuando caminaba por la calle, siempre introducía una de sus manos en el bolsillo de su abrigo o de su pantalón. Imaginaba que era un cofre del tesoro y jugaba a revolver suavemente todas las cosas que tenía simulando que era un tesoro difícil de encontrar. Otras veces, simplemente cogía lo primero que tocaba y trataba de averiguar qué era.

Al final del día, hacía limpieza de bolsillos. Tiraba lo que creía que no le iba a servir nunca y guardaba lo que le gustaba o pensara que le fuera a ser útil más adelante. Lo que se quedaba lo guardaba en una caja de zapatos que ella misma había decorado y personalizado.

A ella le hubiese gustado tener en vez de una caja de cartón casi rota, una bonita caja de metal o de cuero. Pero por causas del destino, su familia no nadaba en la abundancia, así que se tenía que conformar con lo poco que había.

La caja era preciosa, a decir verdad. Estaba repleta de recortables. Había animales, flores, nubes, personas, etc. Todo esto formaba un conjunto de colores que alegraban la vista e invitaban a abrir la caja para ver lo que había en su interior.

No fueron pocas las personas que le pidieron a Julia que abriese esa caja para ver lo que en ella guardaba. Nunca se negó. Sonreía y la abría. Aún no sé por qué, pero todos los que nos sentamos al lado de aquella niña, nos transportábamos a otro mundo.

Si lo que cogíamos de esa caja de cartón era un barco de papel, de repente y sin saber cómo, estábamos en un barco pirata, andando sobre la tabla y a nuestros pies numerosos cocodrilos muriéndose de hambre. Pero una niña valiente venía volando y nos rescataba de ese peligro.

Otras veces, podías encontrar una pluma de algún ave. Cerrabas los ojos, y cuando los abrías estabas en una habitación, muchos años atrás (incluso siglos) al lado de un gran escritor. Yo recuerdo que estuve en una ocasión con Shakespeare y en otra con Cervantes. También tuve el tremendo honor de ver cómo Neruda escribía esos versos tan bellos. ¡Y fue todo muy gracioso! Pude ver cómo se daban golpes contra las paredes ante la ausencia de la musa, o como se tiraban horas y horas escribiendo sobre papeles sentimientos puros porque esa noche la inspiración había decidido pasar por la casa de ese poeta.

Mientras estás con Julia, se te olvida el mundo que te rodea. No importa si no tienes la comida hecha, o si tu madre te va a regañar por haber llegado tarde o por no haber hecho los deberes. Todo da igual cuando estás con ella.

Ya he dicho que su familia no nadaba en la abundancia. Pero sin embargo, se sentían las personas más ricas del mundo por tener a un tesoro como era Ángela. ¿Qué más daba no tener mansiones o coches caros? Esa niña conseguía mostrarles otro mundo. Un mundo de fantasía, donde la música que reina son las risas. Sabían apreciar muy bien lo que tenían. Pero no es de extrañar conociendo a Julia.

La última vez que la vi, fue en el parque que está al lado de mi casa. Iba con su caja de cartón, como siempre.

-Hola Julia. ¿Has comenzado tu búsqueda de objetos para llenar tus bolsillos?
-Sí. Y tengo un montón. Creo que ya mismo me tendré que ir porque los tengo todos llenos y pesan mucho.
-Vaya, pues entonces deberás vaciarlos para no hacerte daño por el peso.
-Sí, pero aún no me voy. Voy a ir al jardín, ¿te vienes?

Y así hice. Nos tumbamos en el jardín. Hacía un sol espléndido. Es increíble la imaginación que tienen los niños. Había pocas nubes, y nos pusimos a mirarlas. Enseguida, Julia logró ver sus formas e imaginarse que eran cosas raras. Llegó a ver a un gato persiguiendo a un perro (sí, habéis leído bien). También vio a dos niños jugar a la comba.
Llegaba la hora de marcharme, pero no quise irme sin ver una vez más aquella maravillosa caja de cartón.

-Julia, ¿me dejas ver tu caja una vez más?

Sonrió y me la dio. Cuando la abrí, vi muchas cosas, como siempre. Pero esta vez hubo algo que me llamó mucho la atención. Había unos pétalos de rosas. Los cogí y los olí. Aún tenían aroma y como adoro ese olor, no pude evitar cerrar los ojos y sonreír. Cuando los abría, estaba en una película. No sé muy bien cuál era, pues no soy muy dado a ver películas antiguas y esta era en blanco y negro. Tal vez, Casablanca.

Lo que sí sé, es que pude vivir una historia de amor verdadero en cuestión de minutos. No se me olvidarán jamás todos esos viajes que he hecho agarrado de la mano de Julia.

Hace tiempo que no la veo. Y quiero verla ya. Tengo que darle algunos libros que sé que le gustarán y cosas que iba a tirar y puede que le sirvan para su caja de cartón.

También tenía pensado regalarle una caja nueva, como la que ella quiere. Pero, ¿y si al cambiar de caja, dejamos de volar a esos mundos? No sé, tendré que hablarlo con ella, ¿verdad?

De momento, voy a ir a buscarla, que necesito un viaje a su mundo de mil maravillas y fantasía. Que estoy bastante cansado del mundo de los adultos.

[Contando estrellas]

[Contando estrellas] A María le encantaba mirar las estrellas cada noche desde su balcón. Pero había algo que le gustaba más que eso: Mirar las estrellas desde su balcón con su padre. Esto no lo hacían a menudo porque su padre estaba bastante ocupado. Pero cuando podían hacerlo, era algo mágico para María. Comenzaban contándolas. Pero siempre desistían en su intento pues perdían la cuenta. ¡Había tantas que era casi imposible acordarse de la última que numeraron! Luego escogían dos o tres y les ponían nombres.

-A esa de ahí la vamos a llamar lucero. –Le decía su padre.- ¿Y a esa que brilla mucho y está a la derecha cómo quieres llamarla?
-Hmmm… Jo no vale. Lucero ya existe. Pero bueno, da igual. Pues a esa le llamaré diamantisa –le contestó María.
-¿Diamantisa? Anda que se te ocurren a ti nombres bonitos eh. Me toca. ¿Ves esa estrella que brilla tanto y está encima de las demás? Es la más bonita de esta noche, y sin duda la que con más fuerza brilla. A esa voy a llamarle María, porque es casi tan preciosa y brillante como tú. Pero aunque sea muy hermosa esa estrella, jamás habrá una que sea tan especial como tú.

Entonces María sonreía. Con simples palabras o con gestos que su padre dejaba escapar, María se sentía la niña más querida del mundo. A menudo su padre le decía que era su gran tesoro y que no dejaría que nadie se lo arrebatara. Y le ponía el ejemplo de los piratas y su botín, que cuando lo tenían entre sus manos no lo dejaban escapar.

Su padre trabajaba hasta tarde. Aunque María se tenía que ir a la cama pronto porque tenía que madrugar para ir al colegio, no se dormía hasta que no oía el coche de su padre llegar. Hacía un ruido espantoso y se enteraba todo el barrio. Ese ruido espantoso era la canción de cuna que María necesitaba oír cada noche para dormirse y quedarse tranquila.

El padre de María, antes de irse a dormir se pasaba por la habitación de su pequeña.

“Esta noche, cuando venía hacia aquí he visto una estrella fugaz, pero tampoco ha conseguido maravillarme tanto como lo hacen tus ojos. Te quiero, mi alegre estrella”

María se hacía la dormida mientras su padre le susurraba esas últimas palabras del día. Pero grababa todo en su mente y en su corazón.

Era viernes, y como cada viernes María esperaba a que su padre llegara más temprano de lo habitual para contar con ella las estrellas. Comprobó que se retrasaba. No le dio demasiada importancia porque sabía que no se le había olvidado y que vendría. Comenzó a contarlas ella. “Una, dos, tres, cuatro…”. Pasó un largo rato y su padre seguía sin llegar. Comenzó a impacientarse. Sonó el teléfono de fondo, pero no escuchó lo que se hablaba. Minutos después se le acercó su madre bastante nerviosa.

-Mi vida, esta noche se va a quedar aquí tita Julia contigo, ¿vale? Yo tengo que salir y hoy no voy a poder dormir aquí. Lo que necesites se lo pides a tu tita. –Le dijo su madre.
-¿Y papá? Le estoy esperando para contar las estrellas.

La madre de María le sonrió sin decir ni una palabra, pero no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla.

Al principio María no entendía qué estaba pasando. Le preguntaba a su tita Julia y no le respondía. Su madre no estaba para resolverle sus dudas y su padre seguía sin aparecer. “Pero si hoy es viernes y teníamos que ver las estrellas juntos… ¿Cómo se le ha podido olvidar?” Se preguntaba María.

Esa noche, al irse a la cama, volvió a quedarse despierta hasta que oyese a su padre llegar. Pero esa noche, el coche no hizo ningún ruido. Y al final, el sueño pudo con María.

A la mañana siguiente, la madre de María le habló:

-María, no pienses que papá se olvidó de vuestra cita.
-Sí que lo hizo porque no vino a ver las estrellas conmigo.
-Cariño… Ayer papá vio una estrella fugaz tan grande, tan grande, tan grande que se pudo subir en ella e ir al cielo. Se ha quedado allí para poder verte cada noche y cuidarte mejor así. Si está colgado de una estrella, o sentado en la luna, os veréis cada noche, cuando tú vayas a mirarlas. Y durante el día no se tendrá que preocupar de sus obligaciones. Podrá verte desde el cielo y ayudarte en todo.
-Pero, ¿no va a volver?
-Su cuerpo está con las estrellas para cuidarte, pero él está aquí, y no se marchará jamás.

La madre de María le puso la mano en su corazón para mostrarle donde estaría siempre su padre.

María seguía esperando cada noche las palabras susurradas que su padre le dedicaba. Pero nunca las volvió a oír. Se tuvo que conformar con repetir en su cabeza y en su corazón lo que grabó cada noche mientras se hacía la dormida.

María sólo había visto en su vida un par de estrellas fugaces. A partir de la noche en la que su padre subió hasta el cielo para estar con las estrellas y cuidarle, María veía estrellas fugaces cada noche.

Ella sabía que esas estrellas fugaces eran un guiño de su padre, para hacerle ver que siempre estaría con ella.

[Un ángel en Carnaval]

[Un ángel en Carnaval] -¡Mamá! ¡No encuentro la camiseta interior blanca!
-Está en la canasta de la ropa limpia.

Marta ya estaba ultimando los detalles del que sería su disfraz ese año. Al principio no sabía muy bien de qué se vestiría, pero a su madre se le ocurrió una idea. Le propuso que se disfrazara de ángel, porque Marta era el Ángel de la Guarda de su madre. Y así hicieron.

Durante varias semanas, la madre de Marta estuvo tejiendo un vestido para ese día. El vestido era blanco, entero. La falda era de tul, y tenía tanto vuelvo que parecía que tenía un cancán debajo o que era una falda de bailarina. Era una falda muy larga, y en las diversas pruebas del vestido, cuando Marta se lo tenía que probar, no sabía muy bien si era una princesa o un ángel.

-Qué falda más grande. Parezco una princesa. ¡O una bailarina! Bueno, la verdad es que no sé muy bien qué parezco. Pero me encanta el vestido mami.

Su hermana mayor le había regalado una corona para el pelo que estaba hecha de plumitas muy pequeñas y muy suaves. Daba el aspecto de muchos pompones de algodón muy pequeñitos en forma de corona.

Pero sin duda alguna, lo que más trabajo había requerido eran las alas. Las habían hecho entre su madre y su hermana. ¡Tardes enteras pegando plumas y cosiendo! Dibujaron la silueta de las alas y después, con mucha paciencia, pegaron pluma por pluma y las de los bordes las tuvieron que coser para que quedase más bonito. El resultado fue precioso.

Tardaron mucho en terminar el disfraz. ¡Y eso que no era demasiado difícil! Un día antes de Carnaval, Marta quiso probárselo todo: el vestido, la corona, los leotardos blancos, las alitas… Se quedó mirando fijamente la imagen del espejo. Si al principio tuvo alguna duda sobre a qué se parecía ese traje, en ese momento estuvo totalmente segura. Era un auténtico ángel. Parecía que había bajado del cielo para mostrar sus bellas alas a todo el mundo.

No dijo nada. Sólo sonrió. Pero fue una sonrisa llena de encanto, de alegría… Su madre y su hermana rieron a carcajadas al verla disfrazada. Quedó perfecto el traje. Estuvieron toda la tarde riendo y haciéndose fotos. La madre de Marta preparó chocolate y churros. No celebraban nada, pero ellas pensaban que para tomar algo fuera de lo común no tenía por qué haber ninguna celebración.

Esa noche, Marta se fue a la cama pronto. Estaba muy nerviosa porque al día siguiente aprendería a volar. Pero el cansancio pudo con ella, y en pocos minutos estaba plácidamente dormida.

A la mañana siguiente, se despertó alrededor de las diez de la mañana. Desayunó y corriendo se puso su disfraz. Cuando ya lo tenía puesto, volvió a mirarse por última vez en el espejo antes de salir a la calle. –El mejor disfraz que he tenido. Pensó Marta. Fueron al desfile de disfraces. Se acercaron a los puestos donde vendían gorritos, “matasuegras”, máscaras, bigotes postizos y muchos más complementos carnavalescos. Todo el mundo se convirtió en ese día en un ser completamente distinto a su persona. Se reunieron princesas, duendes, diablesas, vampiresas, piratas, bandidos, etc. Un sinfín de personajes dieron vida a la solitaria plaza central.

Hubo concurso de disfraces, música, payasos dando regalos a los niños y caramelos. No se sabe muy bien quién se lo pasó mejor, si Marta o su madre. Ambas disfrutaron al máximo. Se rieron, bailaron, se tiraron al suelo, conocieron a mucha gente. Pudieron hablar con princesas, con Spiderman, con Blancanieves, etc. Fue un día lleno de magia, de diversión, de buen ambiente. Y sobre todo, fue un día en el que la risa de Marta no paró de sonar.

[Mirada enamorada]

[Mirada enamorada] Le miró fijamente. Esa mirada se había ausentado en ella durante demasiado tiempo. Y él ya comenzó a echarla de menos.
Él la amaba con toda su alma. Para él, no había otra persona en el mundo tan importante como ella. Le daba igual todo y todos. No quería comer, ni reír, ni mirar, ni tan siquiera respirar si ella no estaba a su lado.

Cada día recordaba el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez. Fue en clase de Literatura Universal, y por accidente. A ella se le cayeron los apuntes y él le ayudó a recogerlos.

Desde ese día, su amor por ella iba en aumento. Y era amor verdadero. Era ese amor que se ve en las películas de fantasía o en los cuentos de príncipes y princesas. Ese amor que casi todos pensamos que no existe. Y estaba en él…
Cuando estaba con ella deseaba con toda su alma que ese instante fuera eterno. Sus besos, sus susurros, su sonrisa, hacían que su vida se convirtiera en el paraíso. Y esa mirada enamorada que tantas veces le había regalado… Era su mejor tesoro. Se sentía rey de reyes.

Pero tras veinticinco años de unión, la llama de la pasión fue apagándose lentamente en ella. Ya no sentía esa emoción cuando él le dedicaba un “te quiero”. Ella no volvió a mirarle con su mirada enamorada.

Pero él… Él seguía necesitándola. Seguía sintiéndose desnudo si los brazos de su amada no le cubrían. Sus dedos lloraban si no estaban entrelazados con su mano amiga. Él seguía pidiendo a gritos caricias… sus caricias. Como dice Sabina:

“lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.”

Pero ese día, tras numerosas carreras en sus mejillas de lágrimas de desamor, tras numerosos “¿me amas?” sin respuesta alguna, ella le miró.

En su cara se dibujó una sonrisa y le volvió a dedicar a su amado esa mirada enamorada por la que él vivía y se desvivía.
Tal vez porque regresó la pasión. Tal vez por el recuerdo de un amor enamorado.

[Mirada enamorada]

[Mirada enamorada] Le miró fijamente. Esa mirada se había ausentado en ella durante demasiado tiempo. Y él ya comenzó a echarla de menos.
Él la amaba con toda su alma. Para él, no había otra persona en el mundo tan importante como ella. Le daba igual todo y todos. No quería comer, ni reír, ni mirar, ni tan siquiera respirar si ella no estaba a su lado.

Cada día recordaba el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez. Fue en clase de Literatura Universal, y por accidente. A ella se le cayeron los apuntes y él le ayudó a recogerlos.

Desde ese día, su amor por ella iba en aumento. Y era amor verdadero. Era ese amor que se ve en las películas de fantasía o en los cuentos de príncipes y princesas. Ese amor que casi todos pensamos que no existe. Y estaba en él…
Cuando estaba con ella deseaba con toda su alma que ese instante fuera eterno. Sus besos, sus susurros, su sonrisa, hacían que su vida se convirtiera en el paraíso. Y esa mirada enamorada que tantas veces le había regalado… Era su mejor tesoro. Se sentía rey de reyes.

Pero tras veinticinco años de unión, la llama de la pasión fue apagándose lentamente en ella. Ya no sentía esa emoción cuando él le dedicaba un “te quiero”. Ella no volvió a mirarle con su mirada enamorada.

Pero él… Él seguía necesitándola. Seguía sintiéndose desnudo si los brazos de su amada no le cubrían. Sus dedos lloraban si no estaban entrelazados con su mano amiga. Él seguía pidiendo a gritos caricias… sus caricias. Como dice Sabina:

“lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.”

Pero ese día, tras numerosas carreras en sus mejillas de lágrimas de desamor, tras numerosos “¿me amas?” sin respuesta alguna, ella le miró.

En su cara se dibujó una sonrisa y le volvió a dedicar a su amado esa mirada enamorada por la que él vivía y se desvivía.
Tal vez porque regresó la pasión. Tal vez por el recuerdo de un amor enamorado.

[Mirada enamorada]

[Mirada enamorada] Le miró fijamente. Esa mirada se había ausentado en ella durante demasiado tiempo. Y él ya comenzó a echarla de menos.
Él la amaba con toda su alma. Para él, no había otra persona en el mundo tan importante como ella. Le daba igual todo y todos. No quería comer, ni reír, ni mirar, ni tan siquiera respirar si ella no estaba a su lado.

Cada día recordaba el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez. Fue en clase de Literatura Universal, y por accidente. A ella se le cayeron los apuntes y él le ayudó a recogerlos.

Desde ese día, su amor por ella iba en aumento. Y era amor verdadero. Era ese amor que se ve en las películas de fantasía o en los cuentos de príncipes y princesas. Ese amor que casi todos pensamos que no existe. Y estaba en él…
Cuando estaba con ella deseaba con toda su alma que ese instante fuera eterno. Sus besos, sus susurros, su sonrisa, hacían que su vida se convirtiera en el paraíso. Y esa mirada enamorada que tantas veces le había regalado… Era su mejor tesoro. Se sentía rey de reyes.

Pero tras veinticinco años de unión, la llama de la pasión fue apagándose lentamente en ella. Ya no sentía esa emoción cuando él le dedicaba un “te quiero”. Ella no volvió a mirarle con su mirada enamorada.

Pero él… Él seguía necesitándola. Seguía sintiéndose desnudo si los brazos de su amada no le cubrían. Sus dedos lloraban si no estaban entrelazados con su mano amiga. Él seguía pidiendo a gritos caricias… sus caricias. Como dice Sabina:

“lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.”

Pero ese día, tras numerosas carreras en sus mejillas de lágrimas de desamor, tras numerosos “¿me amas?” sin respuesta alguna, ella le miró.

En su cara se dibujó una sonrisa y le volvió a dedicar a su amado esa mirada enamorada por la que él vivía y se desvivía.
Tal vez porque regresó la pasión. Tal vez por el recuerdo de un amor enamorado.